Lizzy
Hoy al blog renegón le toca presentarte una realidad tan molesta e incómoda: los “colados”. Esos que no respetan nada, que se hacen pasar por enfermos para meterse donde se les da la gana, los que interesadamente te saludan para quedarse ‘ahí’, etc., etc. Miles de excusas para hacer sus ‘gestiones’ en un abrir y cerrar de ojos. Lo peor: nosotros lo permitimos.

Aviso previo: Si estás en la universidad, esa que es para toda la vida, entenderás lo que estoy diciendo. Más aún, en la facultad de la Av. Tomás Marsano. Ahí me quedo. Ya sabes cuál es.

Terminaron las vacaciones. Estás a pocas horas de empezar la tortura de los trabajos Sabes que los libros, las separatas, los manuales y todo tipo de fotocopias esperan por ti. Lo único aconsejable: tolerancia. No vale renegar.

Empezaron los trámites. Las primeras semanas de clases – que por cierto son las primeras de marzo, o sea a lo colegio - entras con tu certificado de matrícula. Hasta ahí no hay problema. Claro, siempre y cuando lo tengas. En fin. “Desde el miércoles puedes canjear tu TCP”, te dice la ‘guardiana’ del edificio. A la mitad de la segunda semana, lees o, mejor dicho, te pasan la voz de que ya debes entrar con tu Tarjeta de Control de Pago (TCP). Ya sabes lo que te espera: estar parado haciendo cola horas de horas en pleno sol. Ten paciencia.

Hora de salida. Toca el timbre - ¿Qué seguimos en el colegio? -. Todos a correr a la cola. Si estás en el último piso del edificio, ya te fregaste. Aún así, estás en el segundo, por ejemplo, y cuando ves el patio te das cuenta que la cola es tan larga que lo dejas para otro día. “Mañana seguro hay menos gente”, piensas. ¡Falso! Lo sabías, solo que te hiciste el ‘loco’.

Al día siguiente, ya estás en la cola muy cerca de la ventanilla de atención, pero… Delante de ti hay una pareja que, poco a poco, se convierten en un ‘manchón’. ¿Cómo fue? ¿A qué hora llegaron? ¿De dónde salieron? Tú ni cuenta te diste. Ahora ya son 6. Las risas y saludos hipócritas te alertan. “Ya no me la hacen”, piensas iluso. “¡Amigo! ¿Cómo has estado? ¿Qué tal las vacaciones?”, escuchas a una gritona. ¡Qué cólera! Pero como ya habían colado a 4, esta vez no te vas a dejar. Por favor, no te dejes…. Al minuto, uno más te hizo retroceder. Mil disculpas. No tuviste el valor de reclamarles.

Como no pudiste con tantos, el vigilante tiene que escuchar tus histéricos gritos. No es para menos. Vale. Así que sigue no más. Sinvergüenza con razón. De alguna manera, hazte respetar. Y, sí, le ‘tocó’ al guachimán porque él también se dio cuenta, pero no hizo nada. “Sus constancias”, pide tranquilamente. “Para la próxima, vigila que no se colen o diles algo”, te haces escuchar fuerte, enérgico, molesto. Su silencio o su respuesta ya no sirven. Ya pasó y tú ya perdiste tiempo. Ahora, sólo pasa la página. Será para la próxima.


Lizzy

Llegó el domingo. Día familiar, dicen por ahí, pero para ti es día de resurrección. “Ya se ha muerto mi abuelo, ayayay. Ya se ha muerto mi abuelo, ayayay. Tomando trago, ayayay. Tomando masato, ayayay.” ¿Te acuerdas de la canción, no? La cantaste a la perfección, sin desentonar. Mejor aún, la bailaste como trompo ayer. Sí, ayer.

Domingo, 11 de la mañana y tú ni tienes la menor intención de despertarte. “¡Levántate flojo!”, escuchas entre sueños. Es tu mamá que, por encargo de tus amigos del barrio, te hace acordar que ya es día y tienes compromisos por cumplir. Hoy eres playita. ¿Santa María, San Pedro? Cualquiera. Total, las dos tienen nombre tranquilo, de santo(a).

“¿Mamá, dónde está la toalla?”, conchudamente le preguntas. Ella, como te quiere más de lo piensas, te alista toda tu mochila mientras te bañas. Ya estás listo. Escuchas el claxon del carro. Son tus amigos que vienen a recogerte. ¿Te fijaste la hora que están saliendo? Son las 11 y media. “Ya regreso”, te despides.

La música a todo volumen, gritando a modo de conversación, viendo las chicas con minifalda por la ventana. Empezó la diversión. ¿Qué falta? Sí, eso. Se detienen en la tienda más cercana. Cervezas bien heladas. Las tienes. Ahora a seguir con el camino. No sabes lo que te espera.

Te escapaste de tu barrio. Ahora, por castigo, te toca salir de la Av. Javier Prado. ¿Cómo la haces? Si pasaron 10 minutos y avanzaste, al menos, tres cuadras, no te quejes. El día te sonríe. ¿Cuánto tiempo más? No molestes, ya la salaste. Con suerte y mucha paciencia, ya están a la altura del puente Benavides. No soportan el infernal sol. Les falta mucho todavía. Así que a aguantar se ha dicho. Para llegar al puente Ricardo Palma sufren como no tienen idea. La inmensa fila de autos llenos de extasiados veraneantes es como para no creerlo. Para pasar el puente Atocongo es una nueva pesadilla. Y, ¿dónde están los policías? Cumpliendo su función, pero no tienen el control. “Si quieren ir a la playa que aguanten.”, tal vez lo piensen.


¡El tráfico es más que asfixiante!



Ya estás cerca al peaje. La fila avanza lento, pero avanza. Entraron a Lurín. El olor a chicharrón los hace prometer una parada obligatoria al regreso. Pasaron Pucusana. Ya pueden ver el mar y a las chicas en bikini. Tren al sur, tren al sur. La canción del grupo chileno ochenteno, Los Prisioneros, cae como anillo al dedo. Después de las casi dos horas achicharrándote, estacionan el auto. Todos al agua. ¡Por fin!

Disculpen, pero tengo que hacerles recordar. Lo mismo tendrán que pasar al momento de regresar. Así que tomen sus precauciones. Dejen de sacar teléfonos a cuanta rubia se les aparezca y alisten sus cosas. Acuérdense, también, la cita pendiente que tienen con los chicharrones.

No vale picarse. Solo les hago acordar para que no renieguen de camino a casa. Diviértanse. Falta poco para que el sol se vaya. Saquen el jugo a sus vacaciones de verano, si es que aún gozan de ella. Por última vez, tomen sus precauciones, que el tráfico no les malogre su caluroso domingo.