“Apéguese, apéguese. Al fondo entran cuatro.” “¡Ya pues, al fondo ya no hay sitio!” ¿Nadie puede decirlo? Sólo se escucha el respiro y se siente la timidez de los pasajeros. Reina el silencio. ¿No sería mejor que dijeras lo que piensas? Claro, pero siempre sería, nunca es.
Empiezas la rutina del día. Si te levantas temprano haces todo lo que tienes que hacer con calma; si no, empiezas a renegar. Típico. Para variar, te das cuenta de que es lunes y que te faltan varias horas de agonía para descansar. Terminaste – o en muchos casos dejaste a medias - el desayuno que tu madre con tanta paciencia y dedicación te hizo. “Hijito, si no comes te vas a enfermar.” ¿No se te hace conocida la frase? Para satisfacerla te llevas tu pancito para que lo vayas comiendo en el camino. Sales de tu casa corriendo porque ya es tarde. Ahora sí ya se te hizo tarde.
Desde una cuadra puedes ver cuánta gente está esperando su carro. Tal vez, llevan 15 minutos o más parados en el mismo lugar. ¿Lo viste? Ahí viene. Páralo y júntate con todos los que van en la misma línea que tú. La combi está más que llena. Ni el cobrador, ni el chofer, ni los pasajeros lo entienden. Los primeros quieren cobrar más y los últimos sólo llegar temprano a su centro de labores. Si estás dentro y parado, sabes que entraste a otra realidad. Literal, otra realidad.
El ambiente cargado, viejitos renegando por las noticias de siempre en el periódico, mujeres sentadas haciendo malabares para maquillarse, universitarios con el MP3 a todo volumen, trabajadores desesperados viendo su reloj cada cinco minutos, el cobrador soltando “piropos” a cuanta chica bonita se le aparezca, el chofer gritando a los que le cierran el paso y – como para cerrar el marco perfecto – los que están parados, o mejor dicho encorvados, quejándose de esa maravilla de transporte: la combi repleta.
Empiezas la rutina del día. Si te levantas temprano haces todo lo que tienes que hacer con calma; si no, empiezas a renegar. Típico. Para variar, te das cuenta de que es lunes y que te faltan varias horas de agonía para descansar. Terminaste – o en muchos casos dejaste a medias - el desayuno que tu madre con tanta paciencia y dedicación te hizo. “Hijito, si no comes te vas a enfermar.” ¿No se te hace conocida la frase? Para satisfacerla te llevas tu pancito para que lo vayas comiendo en el camino. Sales de tu casa corriendo porque ya es tarde. Ahora sí ya se te hizo tarde.
Desde una cuadra puedes ver cuánta gente está esperando su carro. Tal vez, llevan 15 minutos o más parados en el mismo lugar. ¿Lo viste? Ahí viene. Páralo y júntate con todos los que van en la misma línea que tú. La combi está más que llena. Ni el cobrador, ni el chofer, ni los pasajeros lo entienden. Los primeros quieren cobrar más y los últimos sólo llegar temprano a su centro de labores. Si estás dentro y parado, sabes que entraste a otra realidad. Literal, otra realidad.
El ambiente cargado, viejitos renegando por las noticias de siempre en el periódico, mujeres sentadas haciendo malabares para maquillarse, universitarios con el MP3 a todo volumen, trabajadores desesperados viendo su reloj cada cinco minutos, el cobrador soltando “piropos” a cuanta chica bonita se le aparezca, el chofer gritando a los que le cierran el paso y – como para cerrar el marco perfecto – los que están parados, o mejor dicho encorvados, quejándose de esa maravilla de transporte: la combi repleta.
Si vas en la misma línea todos los días, sabes en qué paradero se baja la mayoría de los pasajeros. Llegaron. “Baja, baja.” Frase ilustre del cobrador. ¿La estabas esperando, no? Empiezas otra aventura. Aún te falta mucho por llegar a tu destino.
Ya todos están cómodos, al menos, sentados. ¿El cobrador? Sigue parado y “jalando” gente. Ruegas para que no entre nadie más en la combi. “¡No, por favor!”, piensas. No te duró mucho. Dos paraderos más allá y ya estás viendo el tumulto de gente que alza la mano. Mala señal. Ya sabes lo que viene.
“Apéguese, apéguese. Al fondo entran cuatro.” Esta vez, al menos, tú debes de hacerte escuchar. Ya pasaste una vez por esta situación y, lo peor, en la misma combi. No te quedes callado. No te quedes en las quejas y haz algo. No tengas temor a caer antipático. Es cuestión de respeto. Piénsalo.
…Cinco minutos después: “¡AL FONDO YA NO HAY SITIO!" Ya vez, no era tan difícil. Si te hicieron o no caso, no importa. Lo que vale es que ya no eres uno más del montón que deja las cosas tal cual, sino que se hace respetar.


estas segura que no lo copiaste de laserie? jaaja
heyy cuando jugamos voley