Y, de pronto, una lágrima cayó por tu mejilla. ¿Qué hacíamos? Ninguno de los dos se atrevía a secarte ese rostro tan lleno de experiencia, tan falto de cariño - en ese momento -. Ni él ni yo éramos capaces de acudir a tu auxilio invisible. ¿Miedo? ¿Vergüenza? ¿Qué sería? Pero, desdichados, no lo hicimos. ¿Qué esperábamos? Eres importante para nosotros. De hecho, lo eres. Creo que no nos sentíamos con "autoridad" para reconfortarte.
Así, el silencio era el único invitado entre los tres. En aquel cerrado espacio no cabía nadie más. Pero, claro, tenías que llegar tú para calmarla, para calmarlo todo. "No te asustes", dijo. Y, como por arte de magia, ni una lágrima más se dejó ver. Tu miedo desapareció instantáneamente. Como para no creerlo.
Lo viste y la calma volvió a ti.
Lo viste y ese llanto de niña cesó.


Publicar un comentario
Desahógate... no hay censuras! Di lo que quieras!